Wilson, el profesor que camina 8 horas para que sus niños no se olviden de leer

El chuquisaqueño no puede dar clases virtuales en el campo. Va casa por casa para enseñar

“¡Felipe, Felipeee!” Los gritos irrumpen la quietud. Un niño mira a la cima del cerro y corre al encuentro del hombre empolvado y casi sin aliento. Después de dos horas de camino, Wilson León  por fin encuentra a su alumno. “Cuando me vio, gritó y corrió. Detrás estaban sus hermanitos menores. Caaarrerita vinieron y me abrazaron”, cuenta, entre risas, el profesor que decide “llevar tareitas” puerta a puerta en Loman para que sus estudiantes “no se olviden de leer”.

 La casa de Felipe era la única que no conocía. Ahora, su hoja de ruta estaba completa. “Sólo de él me faltaba. Antes averigüé y pregunté ‘dónde vive el Felipe’ y entonces me señalaron ‘ahí atrás es’”, relata el educador, de 38 años de edad, que cada viernes se traslada de Cororo a Loman, en Chuquisaca, para enseñar lenguaje y matemáticas. “Los niños se olvidan  leer y  lo que les enseñamos. Necesitan práctica. Por eso voy, para que no se olviden”, dice. 

    Luego continúa. “Atendí a Felipe, de nueve años,  le di una explicación de qué tiene que hacer. ‘Ya, ya, profe’, me dijo feliz y se fue”,  recuerda León, quien se lamenta porque no pudo dejar tareas a los  pequeños hermanos. “Tienen cuatro y tres años”, explica.

 Con mochila en la espalda, barbijo y buen humor, el profesor León compite así con la tecnología. “En el campo es otra realidad. No podemos dar clases online”, dice. Aprovecha su día de salida para llevar tareas y una semana después, revisarlas. En tiempos de cuarentena, se declara respetuoso de las normas. “Mi documento termina en nueve, así es que puedo salir sólo el viernes”, resalta.

Fotos: Wilson León.

Su travesía arranca a las 6:00.  “Vivo en Cororo. Primero me traslado hasta el municipio de Presto, de ahí tengo que tomar otro transporte hasta El Palmar y de ahí recién entro a Loman”,  aclara. Por estos días, sus destinos son varios. Debe visitar los hogares de siete alumnos de  cuarto de primaria y cinco  de  sexto de primaria. “Atiendo multigrado”, especifica. 

En etapa de cosecha, su labor debe ser práctica. Llega a las 7:00 a la primera casa, si consigue, “haciendo el dedo”, que algún chofer lo acerque. Según sus cálculos, debe caminar  30 minutos de casa en  casa. “Termino  todo a las 14:00”, evalúa, pero reconoce que su jornada se extiende un poco más si alguna familia a lo invita a comer.

  “Los padres son agradecidos y esperan que les dé clases a todos sus hijos que son estudiantes, pero yo no puedo, sólo puedo atender a mi curso”, define.

 León lleva seis años en la profesión. “Tuve un problema de salud y dejé por un tiempo  la docencia”, cuenta el chuquisaqueño que nació en Cororo, Municipio Tarabuco, el  1 de diciembre de 1981.

Desde el fin de semana, León es   una especie de héroe en las redes sociales. Su historia es viral gracias a una tecnología que aún es utópica en lugares como Cororo y Loman.

En un sistema educativo que  pide dar clases virtuales a los estudiantes, ¿qué hacer con los que no pueden?

“Nos exigen hacer clases virtuales, mandar trabajos. Nosotros estamos viviendo la realidad en la comunidad”, se lamenta.  La hija  y sobrinos del profesor sí tienen acceso. “A ellos les mandan sus trabajos por WhatsApp”, apunta.

En Loman apenas hay para útiles y comida. “Yo siendo maestro pensé que tenía que darle tarea a mis estudiantes ya que no cuentan con tecnología en área dispersa”, añade.

Sin tecnología al alcance, pero con muchas ideas en la mente, León   elabora  cartillas “y trabajitos sencillos, como lectura comprensiva con algunas preguntas sobre cuentos sencillos y algunos problemas matemáticos, primordiales para la formación de los niños”.

Hace más de dos meses que no visita su escuelita Loman. “Se llama así porque quiere decir que está ubicada en una loma, está en quechua”, cuenta.

 
 El profesor se reinventa. En vez de  pupitres, lo que encuentra frente a sus ojos son  piedras  que los niños utilizan para sentarse en el camino; en lugar de  pizarra, se tiene que apañar con un folio y un bolígrafo.

“Les llevo tareitas y les explico cómo hacer su trabajo porque sabemos que en el campo, en esta temporada de cosecha, ellos se olvidan. Por eso  les doy trabajos sencillos”, insiste.

León, casado con Daniela Mendoza y padre de una niña, sabe que su labor termina cada vez que deja las casas de sus alumnos. 

La mayoría cumple. Les pido a sus papás, que saben leer y escribir, que les ayuden. Pero siempre les pido que no se los hagan”, destaca el profesor que espera encontrar la tarea resuelta, el próximo vienes.